Vídeos
La vida en las calles de Atlantis
Personajes de la trilogía ‘La columna de oricalco’
Fragmentos de libros

Cap. 1. Un día y una fatal noche
Solsticio de verano del año 10.862 a. C. Alrededores de Atlantis.
Évenor, rico mercader de Atlantis
El barco atravesaba el salvaje oleaje. Todos los que íbamos subidos en él sabíamos que este era provocado por las serpientes venidas del cielo. Enormes rocas de fuego que quizá los dioses nos lanzaban para castigarnos por algo que habíamos hecho.
El mundo entero estaba en llamas. Un espeso humo que salía de todas direcciones cubría todo. Este procedía de los colosales incendios provocados por las serpientes allá por donde pasasen, puesto que soltaban pequeños fragmentos que lograban incendiar grandes áreas de bosque en muy poco tiempo y que su humo lograra tapar la luz del sol dejándonos en una perpetua penumbra. Las olas se alzaban lo que medían más de veinte brazas de altura, alcanzando la ciudad y devastando todo a su paso. Algunos desdichados no lograban asirse lo suficientemente bien por las sacudidas que daba la nave y caían al mar. El océano jugaba con nuestra nave como si fuera un juguete. Entraba agua en la nave, esta se elevaba, viraba hasta ponerse casi en horizontal de un costado y luego del otro provocándonos un gran mareo, angustia y un malestar que nunca pensamos que fuéramos a experimentar en nuestras vidas.[…]









Cap. 45 Chalchiuhtlicue
La playa. Olumes. Finales de verano.
Clotis
No podía sentirme más arrepentida. Los fanáticos de Tláloc nos habían vencido en una pequeña batalla que tuvo lugar entre la playa y Cholula. Nos habíamos defendido bien, pero quedábamos pocos atlantes, muchos habían huido al norte, otros yacían muertos sobre el suelo en me-dio de la selva. Éramos ya solo unos 60 contra… ni lo sabía. Puede que más de 150 o más fanáticos de Tláloc. Muchos permanecían neutrales. Tlacaélel decidió ir al manantial sagrado del norte y llevarse consigo a muchos seguidores de Qetsalcóatl para comenzar de nuevo. Sabía que habían apresado a Cuauhtli. Se había mantenido neutral, pero iba a pagar como si fuera uno de los nuestros. Arestes y yo ya apenas nos mirábamos. Sabíamos que íbamos a morir. Nos tenían cercados y de vez en cuando nos lanzaban alguna flecha que alcanzaba al que pillara desprevenido. Jugaban con nosotros ya desde hace días. Tau el libio se mantenía a nuestro lado hasta el fin. Era ya pasado el mediodía, estábamos sedientos, estábamos hambrientos, no sabíamos cuando iban a darnos muerte, solo sabíamos que sucedería, pero esa condena que se hacía esperar nos atormentaba. Era el final. Debí haberme ido con Faris al sur. ¡Qué estúpida había sido! ¡Qué orgullosa! Podíamos haber elegido civilizar a otros más dóciles y que no tuvieran tan arraigado el sacrificio. Ellos creían que de ello dependía de que al día siguiente saliera el sol y de que lloviera. Lo que les gustaba era la sangre. Eran adictos a ella, pero qué fácil hubiera sido dejarles en paz. Faris era más práctico que yo. Sabía dar un paso atrás cuan-do sabía que la guerra estaba perdida, pero había elegido un camino y ahora no había vuelta atrás. Venderíamos cara nuestra sangre.—Nos sacarán el corazón —dijo Arestes desolado.
—Que no nos cojan vivos —dijo Tau.
De pronto atacaron. Luchamos valientemente. Algunos nativos seguían de nuestro lado y caían uno por uno. Yo me mantenía a la defensiva con mi escudo y mi lanza. Arestes me había adiestrado bien, pero no era ninguna experta. Al cabo de media hora nos tenían. Estábamos solo cinco y pronto acabaron con la vida de los dos atlantes que quedaban junto a nosotros.
[…]








Cap. 58 Refuerzos
Reino de Amferia. Aquel mismo día por la tarde.
Aikis
Atlantes, gadiros y amferios habíamos luchado con valentía. Yo estaba cubierto de sangre. Nos habían ordenado replegarnos y los cadáveres se amontonaban. Había soldados agonizando, gritando y llamando a sus madres. No podíamos ayudarles, no aun. Miré a mi alrededor. Estábamos frescos. Habíamos podido descansar ya que nos turnábamos, mientras que los eumonios no podían turnarse o no tanto, ya que eran menos. Había observado a la reina Dalis dar órdenes y luchar a veces en primera fila. Matando a muchos de los nuestros. Era una reina guerrera, guerrera antes que reina. Su fuerza y su tenacidad eran envidiables y animaba a los suyos a luchar, mientras que nuestros reyes miraban la batalla desde lejos.
Nuestro rey Faris ni la veía. Se había quedado en su cómodo trono en palacio. Eso desanimaba a muchos de los nuestros, que sentían que se jugaban la vida por un cobarde. De repente se escucharon cuernos de guerra. ¿Eran los nuestros?—¿Qué ocurre? —pregunté yo a una soldado a mi lado. Ella se encogió de hombros.
—¡Norteños! —se oyó gritar a alguien. Esto se iba repitiendo a lo largo del círculo que rodeaba a los eumonios.
—¡Los reinos del norte están aquí! —dijo un soldado muy cerca de donde estábamos con algo de pánico.
La gente se empezaba a poner nerviosa. Los eumonios gritaban de júbilo. Era una batalla ganada que se había complicado ¿y ahora esto? El desánimo empezó a cundir. Sobre todo, entre nosotros los amferios. Empezaban a caer piedras y golpeaban a muchos soldados.
—¡Balas de honda! ¡Cubríos! —oí decir a nuestro comandante Dafis. Usamos nuestros escudos de bronce y agachamos la cabeza. Algunos habían muerto de una pedrada en la cabeza. Otros chillaban de dolor. De repente oímos a los eumonios cargar. Muy cerca nuestra, hacia el norte. Caían flechas y no paraban de caer soldados atlantes, gadiros y de los nuestros cerca de donde me encontraba. Los eumonios trataban de romper el cerco por el norte. Yo me horroricé. No podemos caer derrotados. No podemos.
—¡Cerrad las filas! —ordené—. No dejéis que salgan. Era capitán y algunos soldados me hicieron caso y ayudaron a taponar el agujero que se estaba abriendo ante tantos proyectiles, pero el empuje eumonio era devastador. Y pronto cargaron los reinos del norte. Pude ver estandartes grises con el lobo y verdes con la cabeza de la cabra.
—Autóctonos y elasipos… —mascullé.
La muerte se abría paso y la escena aterradora. Comenzaron entonces a sonar nuestros cuernos. Daban orden de repliegue lento. Sin dar la espalda. Supongo que querían formar una línea recta para aguantar la acometida de los norteños mejor, pero había que atacar todos juntos a los eumonios y evitar que salieran. Era la mejor opción.
—¡Maldita sea! ¡No os repleguéis! ¡Cerrad el círculo y matad a los eumonios! —ordené. Busqué con mi mirada a mi superior.
[…]







Cap. 86 La batalla de Atlantis (V)
Reino de Atlas. Aquel mismo día. Pasada la media tarde.
Príncipe Vartis
[…]—Aquella es la reina Dalis —señaló Argos algo más sereno.
Era una mujer madura bastante atractiva y con muy mal carácter. La llevaba sin ver desde que era adolescente. Sí… era ella. Y la otra guerrera… Altea… también la había visto alguna vez. Ahora se encargaban de acabar con los cientos de elasipos que habían tratado de ayudar en el flanco izquierdo. Luego caería el centro y todo se desplomaría. No estaría allí para verlo. Que los dioses salven a quien pudiera.
—Huyamos —dijo Argos.
Yo arreé a las cuatro bestias para que se pusieran en marcha. Poco a poco cogimos velocidad y nos alejamos en dirección a Eumonia. Pasaríamos la noche en algún lugar seguro y trataríamos de alcanzar Mestoria. Luego Basinat y con suerte podría huir a Azaia. Iba a ser difícil, pero no podía dejarme capturar para que mi padre pudiera negociar mejor la rendición. La prioridad para mí era conseguir lo mejor para mi reino.
—¡Nos siguen! —me gritó Argos.
Miré hacia atrás y nos seguían exploradoras atlantes. Vi al fin un camino. Por él iríamos más rápido y sin temor a que una piedra hiciera volcar el carro. Eran como cuatro jinetes. Argos agarró un arco y unas flechas de un carcaj y comenzó a disparar a las jinetes. Miraba hacia atrás de vez en cuando para ver si acertaba a alguna. No acertaba a nadie.
—Conduce tú, déjame el arco —le pedí.
Me dio entonces el arco y él cogió las riendas del carro. Apunté, retuve mi respiración y aguanté hasta compro-bar en qué momento el carro no daba tantos trompicones. Era casi cíclico y esperé para aprovechar el momento en el que el carro retumbaba menos contra el suelo. Entonces disparé y herí a una jinete que cayó de su caballo. Entonces sentí que me empujaban y caí con mis bruces en el camino, rodando y lastimándome. No entendía nada. Cuando por fin paré de dar vueltas vi a Argos alejarse sin mirar atrás.
—¡Maldita rata! —mascullé con muchísima rabia.
Las tres jinetes que quedaban me habían rodeado y me apuntaban con sus lanzas.
—¿Qué queréis? —les pregunté. Mi padre era muy rico. Podría sobornarlas. Ellas me miraron con mucha seriedad. Había disparado a una de sus compañeras. No debían estar muy contentas.
—No podrá ser mejor lo que tengas que ofrecer que la recompensa que nos dé nuestro rey por capturar a un príncipe enemigo —me dijo una de ellas con mucha seguridad.
[…]







Cap. 39 La estatua de Deméter
Autoctonia. Una semana después.
Reina madre Nisbi
A pesar del hambre no nos íbamos a rendir. Sería el fin de nuestra cultura si perdíamos, de nuestra lengua. Habíamos luchado durante siglos, durante milenios contra el invasor como para rendirnos ahora y si Autoctonia cae le daremos un final de leyenda. Hice un llamamiento al pueblo de Autoctonia y les pedí que luchasen hasta el final. Ellos se congregaron frente al balcón de palacio y ofrecieron su vida por el reino. Como los atlantes sabían que no nos rendiríamos ni por hambre decidieron hacer un último asalto ayer y consiguieron rebasarnos por las murallas, pero construimos muros y barricadas en las calles. Disparábamos flechas desde los tejados y los balcones y no solo eso, también piedras, tejas, macetas, de todo lo que el pueblo tuviera a mano. Iban a pagar cara nuestra sangre.
—Majestad… —me comenzó a decir Arestes a mis espaldas mientras que yo me asomaba al balcón y veía la batalla—. Debéis esconderos.
Me giré hacia él.
—Hace dos días le pedí a mi pueblo que luchara hasta el final y justo ayer perdimos las murallas… y ellos han cumplido su palabra. Luchan casa por casa Arestes… ¿y tú quieres ahora que los abandone? —respondí incrédula por sus ridículas peticiones tan fuera de lugar. Era como si no me conociera.
Él se marchó. Ni le pregunté qué haría. Que se escondiera donde quisiera o que hiciera lo que creyese oportuno. Entonces se me ocurrió algo. Sería divertido que esos putos atlantes me buscaran como locos en palacio sin encontrarme. No me escondería, pero tampoco se lo iba a poner fácil. Sentía que aquel día iba a ser mi último día, pensaba en quitarme la vida, rendirme, en muchas cosas, pero era extraño. Estaba en paz conmigo misma y no solo eso. Me sentía agradecida, sabía que había tenido una buena vida, pero Deméter me había conducido a esto. Ahora sabía que iba a hacer. Iría a su templo a ver qué me tenía reservado. Lo que me dictaran mis impulsos en el momento en el que me encontrasen los enemigos sería lo que pasaría. Deméter me guiaría.
Me dirigí al templo de Deméter, en las calles observé la lucha. Vi cómo una mujer de mediana edad lanzaba todo lo que encontraba en su casa desde el balcón para dañar a los enemigos. ¡Qué valentía! Seguí andando mientras observaba divertida la escena. Aquella mujer estaba causando estragos descalabrando a más de un atlante. Vi de pronto como un soldado adversario que había salido detrás de la mujer la atacaba por la espalda clavándole su lanza. Tras eso la tiraba por el balcón. Yo me horroricé y me alejé de allí lo más rápido posible. Les había pedido que lucharan y yo no sé si sería capaz de hacer lo mismo que aquella valiente mujer que acababa de perder la vida.
Tras un rato más llegué al templo de la diosa. Lo observé antes de entrar. Entré y comprobé que estaba vacío. Subí a la parte superior. Autoctonia había podido construir un templo a la misma altura de Poseidón y Clito gracias a unas minas de oro ya agotadas que había en la parte occidental de los montes Zaros. La historia de nuestro reino se había cimentado en la envidia a Atlas y era lo que nos había hecho grandes. No quedarnos atrás. Competir contra su industria, su comercio, sus intereses. Autoctonia era uno de los reinos más grandes de los diez y había sido por puro odio a Atlas. Una eterna rivalidad que llegaba a su fin hoy con toda seguridad. ¿Conseguirá Paris volver y recuperar la ciudad y el reino? Ojalá, Deméter nos conduzca hacia la victoria tras el paso de este aciago día.
[…]







Cap. 2 Aquel torbellino de mujer
El navío Tetis en los muelles de Azaia. Poco después del mediodía.
Lauro, capitán de navío
—¡Por los dioses! —exclamé al oír el estruendo. Una de aquellas malditas serpientes del cielo acababa de golpear el gran océano. Muy lejos de aquí. Al sureste de donde estábamos. Seguramente justo al sur de Diaprepesia.
—¿Será peligroso? —me dijo Vartis, mi segundo a bordo.
—¡Ah! ¡No lo creo! —le dije yo haciendo un ademán como restándole importancia—. Ha caído muy lejos de aquí.
Entonces miré al cielo y vi al resto de serpientes se-guir su camino hasta Abialia. Estas también caerían lejos de aquí. Estábamos a punto de zarpar, pero esperábamos al pa-trón. Debía estar a punto de llegar para partir hacia Pitria. No sé dónde demonios se había metido. Teníamos madera, buena madera de Azaia, metales y plantines, para construir unas plantaciones y casas en Pitria, pero según todo el mundo nos había pillado el fin del mundo. Menuda estupidez. El mundo no se va a acabar por una serpiente que ha soltado a una docena de hijos. ¡Sí! Morirán muchos miserables, pero aquí en Azaia estamos a salvo. Estábamos lejos de todos sitios, pero ¡ay de los miserables que vivían en la gran isla! Por lo que acababa de ver ellos no iban a contarlo.
A mí la verdad es que no me importaba demasiado. Yo solo pensaba en estar bien yo y los míos. Mi mujer estaría aquí a salvo. Ya pensaríamos mañana qué haríamos si era verdad que la gran isla era arrasada. ¡Oye! ¿Quién sabe? Lo
mismo solo arrasa a los reinos de Eumonia y Diaprepesia. Tampoco se iba a perder gran cosa si fuera así.
De pronto vi a gente histérica llegando a los muelles. Muchos querían huir de allí después del pequeño terremoto que había provocado la serpiente al chocar. Vartis volvió a acercarse a mí y vi como otros marineros del Tetis se asomaban por la borda para observar qué estaba ocurriendo, dejando sus quehaceres. No les reprendí. Yo también hubiera hecho lo mismo en su lugar.
—¿Qué hacen? —preguntó Vartis. —No lo sé… —respondí yo. La verdad es que aquí estaban a salvo. La gente era muy histérica y se asusta por ninguna razón. —¡Están locos! —exclamó uno de los marineros.
Yo sonreí divertido, pero pronto me puse serio al comprobar que llevaban mucho tiempo parados. Los miré a todos ellos, los cuales me devolvieron la mirada.
—¡Venga! ¡A trabajar! Ya habéis visto bastante —les reprendí yo. Inmediatamente me hicieron caso y siguieron limpiando el barco y acomodando las mercancías en la bodega, mientras que llegaban los últimos marineros cargando los víveres para el viaje.
—¿Dónde diantres se ha metido el patrón? —preguntó Vartis. Yo le miré un instante mientras veía a la gente ir de barco en barco pidiendo permiso para les dejasen abordar en alguno. Entonces vi a una joven. Una hermosa joven con los ojos claros. Los ojos de Poseidón. Era preciosa. Tenía el pelo largo y suelto, pero una parte de su pelo estaba recogido con una preciosa pinza brillante de oricalco y algunas piedras incrustadas en él, algo que pude ver cuando giró su cabeza hacia atrás tratando de esquivar a la gente que se agolpaba. Vi también que de su cuello colgaba un precioso colgante. Esa mujer era bella, algo mayor para estar en edad núbil, pero aun joven. Seguramente estaría ya casada y muy bien casada. La joven parecía que le acompañaba más personas, mientras todos ellos cargaban equipaje para salir de la isla.
—La belleza y la inteligencia rara vez casan juntas —pensé yo en alto.
Entonces noté la mirada de Vartis y enseguida le vi buscando a aquella persona a la que me estaba refiriendo. Entonces de reojo lo noté asentir y sonreír mientras que yo no perdía de vista a aquella muchacha.
—Es el miedo —dijo entonces Vartis—. Nos hace a todos muy estúpidos.
Asentí dos veces. Sí… quizá fuera inteligente y la estuviera juzgando demasiado pronto. Entonces vi que la mu-chacha junto a los suyos, que debían ser media docena de personas miraba a mi barco y luego a mí. Entonces vi como ella le decía algo a los suyos y se dirigía a mi nave.
—No… no… eso sí que no… —dije yo pensando en alto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Vartis.
—La hermosa joven y su familia vienen aquí. Quieren subirse a bordo y no tenemos suficientes víveres para tantos.
—¡Que ni se les ocurra! —exclamó él—. Además, querrán partir cuanto antes y debemos esperar al patrón.
Miré a Vartis. Era un hombre maduro, mayor que yo, pero algo torpe y por eso no se ganaba aún la confianza del jefe, pero era leal como un lobo domesticado. No tan listo como uno de ellos, pero bueno.
—¡Nada! ¡A estos los mando yo al inframundo a rezarle a los demonios! ¡Y deprisa! —dije yo con cierta sorna mientras me dirigía a la rampa y me dirigía a aquel grupo mientras que la joven lideraba a los suyos. Había cerca de ella una mujer, quizá su madre y una joven de su edad y dos algo más pequeños, un chico con cara de tonto y una chica. La otra era también muy atractiva, no tanto como otra hermana de su misma edad. La más bella de todas.
—¿A dónde os creéis que vais? —les dije yo mientras ella subía con decisión a la Tetis.
Ella entonces alzó su vista y me miró. Era bellísima y me dejó algo aturdido al mirarme directamente a los ojos.
—Nos vamos en este barco —dijo ella sin detenerse. Me quedé pasmado por su decisión. ¿Quién se había creído ella?
—¿Qué sois, miembro de la realeza de Azaia? —le pregunté yo poniéndome enfrente de ella para que no abordara al barco.
Ella se paró en seco y volvió a alzar la vista. Iba car-gada con bastante equipaje. Entonces dejó todo sobre la pa-sarela y se quitó la pinza del pelo y después el colgante. En-tonces me pude fijar bien de la calidad de este mientras se lo quitaba. Era una precioso zafiro con un tridente de Poseidón engarzado en un círculo de mismísimo oro y bellas filigranas en su borde. Era un colgante digno de la realeza o al menos de la más alta nobleza de Azaia, o puede que la mismísima Atlas ya que Poseidón era el dios protector de aquel reino. Eso me dejó aún más perplejo y paralizado. Ella entonces me ofreció ambos objetos como pasaje y yo despacio y sin perder de vista su rostro ofrecí mi mano para que dejara ambos objetos sobre mi palma sin apenas darme cuenta de lo que acababa de pasar. Simplemente
Simplemente me quedé sin habla. Ambos objetos bastaban para subir a ella y a todos sus acompañantes de sobra. Con lo que me había dado podríamos incluso partir de inmediato si me lo pidiera, pero no podía dejar a Sandar, nuestro patrón, en tierra. Era obvio que en Azaia no iba a ocurrir nada y no podía partir con su nave como si nada. Ten-dría consecuencias. Sandar era muy poderoso.
[…]





